Lila Ochoa se confiesa: “Soy diabética y este ha sido mi cambio de vida”.

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Lila Ochoa se confiesa: "Soy diabética y este ha sido mi cambio de vida".

La directora de Fucsia habla por primera vez sobre la enfermedad que padece y de la que pocos conocen su gravedad y consecuencias. Un testimonio inspirador.

Padezco una enfermedad traicionera que, por culpa de los avances médicos, ya no se toma muy en serio. Muchas personas creen que inyectarse insulina o tomar medicamentos es la solución, pero, en realidad, esto es solo una ayuda. Hay que hacer un cambio de vida drástico y para siempre.

Hace un año, exactamente, por cuenta de unos exámenes rutinarios, descubrí que tengo diabetes tipo 2. Me parecía impensable ganarme esa lotería. No tenía idea de que en mi familia paterna –mi abuela, la hermana de mi abuela y dos de mis tíos– fueran diabéticos. Nunca tuve sobrepeso, pues crecí en una familia donde no había gaseosas y los niños no comían dulces.

Estaba a punto de salir de viaje cuando el médico me llamó a decirme que tenía el azúcar muy alto y que debía ver a un endocrinólogo inmediatamente. Cuando le pregunté si era de vida o muerte, me explicó que tenía que seguir una dieta, hacer mucho ejercicio y al regreso consultar a un especialista. Como soy mentalmente cuadriculada, seguí al pie de la letra las instrucciones. Las dos primeras semanas los únicos síntomas que tenía eran una sed tremenda, dolor de cabeza y mucho cansancio.

Aún de viaje, me dio lo que yo llamo “un patatús”. Me sentí muy mal y tuve que ir al médico en Nueva York. Antes de hacerme de nuevo los exámenes, el endocrinólogo, un japonés muy amable, no creía que yo pudiera padecer esta condición. No evidenciaba las características de un adulto diabético. Cuando salieron los resultados me llamó asustado y me dijo que no podía seguir sin medicación.

Este es el resumen de cómo descubrí que sufría de un mal silencioso, traicionero e incurable. La primera reacción de mi familia y de mis amigos fue intentar minimizar la enfermedad. Ya hay tanta gente diabética en el mundo que muchos tienden a pensar que es un capricho, una exageración o una manera de llamar la atención.

Me tocó aprender a manejar esas actitudes, sin ofenderme. Lo primero que hice fue leer los libros de la Asociación Norteamericana de Diabetes, para ser más precisa, escuché a mi médico y le hice caso a sus recomendaciones. Para mí, la información es lo único que ayuda a tomar buenas decisiones. El doctor me explicó claramente que aunque yo todavía producía insulina no era suficiente para procesar la glucosa en la sangre, y corría el riesgo de gastarla en un lapso relativamente corto. En ese caso, sería insulinodependiente.

En cuanto a las complicaciones, el daño que produce la diabetes es muy miedoso. El sistema circulatorio se deteriora irremediablemente por cuenta del azúcar. Primero empieza a dañar los ojos y luego siguen los riñones; después termina afectando la circulación de los pies y de todo el cuerpo en general. ¿El panorama? Ciega, con diálisis y teniendo que hacerme cortar los dedos de los pies pues da gangrena por falta de circulación y, además, queda uno expuesto a ataques al corazón. Con este paisaje tan desolador, decidí seguir rigurosamente las indicaciones del especialista.

Inicié una dieta en la que podía comer algunas frutas, muchos vegetales y porciones pequeñas de proteínas. Seguí un régimen de ejercicio estricto. Me funcionó muy bien por un tiempo; perdí 11 kilos pero se me empezaron a caer el pelo y las uñas. Me sentía bien, sin embargo la energía se me acababa a las 5 de la tarde.

Cambié de médico y lo primero que me dijo fue que me olvidara de todo lo que sabía de la diabetes. Debía erradicar todos los carbohidratos de mi vida. Nada de pan integral, de quinua, ni de frutas, pues todos ellos terminan convertidos en glucosa y la única forma efectiva de bajarla es comer menos. Tanto la insulina como la metmorfina y demás píldoras son una ayuda pero no una solución. Debía aumentar la cantidad de proteínas, pues la grasa sería de ahora en adelante mi mejor fuente de energía.

Después de negociar un rato logré que me diera permiso de comer una fruta al desayuno. Como si fuera poco, me aumentó el tiempo de hacer ejercicio. Salí cabizbaja y un poco deprimida de la consulta. No me parecía muy divertida una vida con tantas restricciones. Pero como soy una optimista irremediable resolví darme una oportunidad. Lo que me acabó de convencer de que este era el camino correcto fue un artículo de The New York Times que me envió uno de mis grandes amigos. Corroboré las teorías de mi médico y me tranquilicé.

Hoy tengo los niveles de azúcar controlados, me creció de nuevo el pelo y ya no se me parten las uñas. Recobré la energía y, lo mejor de todo, disfruto inmensamente hacer ejercicio. Tomo mucha agua y como cada tres horas porciones más bien pequeñas de verduras y proteínas. No tuve que renunciar a todo lo que amo y aunque solo debo usar dos tipos de endulzantes, estevia y sucralosa (como el endulzante Splenda®; su sabor es muy similar al del azúcar y con cero calorías. Este pasa por el cuerpo sin transformarse en energía, de modo que no lo reconoce como un carbohidrato) puedo seguir disfrutando de una dulzura que no me va a matar. Cuando se me baja el azúcar –tengo que medirla con un glucómetro dos veces al día– me como un caramelo. Mantengo siempre en mi cartera nueces y a veces un pedazo de queso. Volví a disfrutar la vida social gracias a un truco: nunca salgo sin comer algo antes para no torturar a mis anfitriones. Sé que mi calidad de vida depende de la disciplina, de lo que como y del ejercicio que haga. ¡Tampoco es tan difícil!

Mis mejores aliados

El glucómetro se ha convertido en mi compañero de vida. Siguiendo las instrucciones del médico me mido dos veces diarias el azúcar en la sangre. Cada día a una hora diferente.

En cuanto al ejercicio, mi favorito es caminar pero rápido, 1kilómetro en 10 minutos y mejor cuando lo hago en 9, eso solo lo puedo hacer los fines de semana. En el día a día hago elíptica, el programa de intervalos aeróbicos durante media hora. Lo importante es el ritmo cardíaco, hay que subirlo al menos hasta 130. También hago pesas para mantener la masa muscular.

Mi libro de cabecera se llama: Guía completa para la diabetes, de la Asociación Norteamericana de Diabetes. También fue muy útil el artículo Before You Spend $26,000 on Weight-Loss Surgery, Do This, de Sarah Hallberg y Osama Hamdy (The New York Times, 10 de septiembre de 2016), que confirma las teorías de mi médico.

Lo que no puede faltar en mi cartera: diferentes tipos de nueces y un caramelo en caso de que se me baje el azúcar a 70. Es tan peligrosa tanto la baja como el incremento. Lo ideal es mantenerla alrededor de los 100. En cuanto a los edulcorantes, no todos sirven. Yo uso sucralosa y estevia siguiendo órdenes médicas. Y lo más importante: siga las instrucciones de su especialista cuidadosamente y así podrá evitar las complicaciones que produce la diabetes.

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