1918: entre la ‘peste española’ y la paz mundial

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1918: entre la 'peste española' y la paz mundial

Nadie sabe a ciencia cierta cómo ni cuándo ni dónde empezó. Hay muchos estudios al respecto, hay muchas teorías y casi todas son plausibles: que fue en los campamentos militares del sur de los Estados Unidos en 1917, que fue en un hospital del norte de Francia, que fue en la provincia china de Shanxi. Incluso hay quienes dicen que no fue un desastre natural sino un arma biológica: una conspiración, un acto de maldad.

Pero como a la gente lo que le gusta son las novelas, los dramas individuales, existe incluso el nombre desdichado del primer paciente que tuvo entre pecho y espalda los síntomas y corrió al hospital: fue el 4 marzo de 1918 y Albert Gitchell, un cocinero de la base militar de Camp Fuston, en Kansas, presentó un cuadro alarmante de influenza, aunque entonces se creyó que era otra cosa. Tiritaba de fiebre, no paraba de toser.

Esa misma tarde, en el mismo hospital, las camillas no daban abasto para atender a los enfermos que llegaban todos con iguales síntomas: sudorosos y sin poder respirar, algunos incluso sangrando por la nariz o por la boca y arrastrándose apenas, como si esa fuera más bien la consumación del fin del mundo. Y lo era, de alguna manera lo era. La peste había llegado; la peste había vuelto.

Porque esa escena empezó a repetirse en todo el país y luego, muy pronto, en el mundo entero. Hay noticias incluso de muchos lugares en los que desde finales de 1917 la gripa postraba y mataba a la gente, pero solo en la primavera de 1918 empezó a ser muy claro que se trataba ya de una epidemia, o aun peor, una aterradora pandemia: una sombra que lo devoraba todo a su paso, como el fuego, arponeando sin piedad a sus víctimas.

Fuego que corre sobre el pasto seco, así fue la peste de la llamada ‘gripa española’ en 1918; fuego que corre sobre el fuego, pues el mundo seguía en guerra, la Gran Guerra, la Primera Guerra Mundial. De hecho, como se sabe, el nombre de la enfermedad tenía que ver con que España fuera un actor neutral de la guerra, y por eso fue allí donde primero circuló la información sobre lo que de verdad estaba pasando.

En el resto de países de Europa, en cambio, los gobiernos se morían del pavor (valga la expresión) de que la noticia de una pandemia así diezmara el ánimo de la población civil y sobre todo el de las tropas, y por eso decidieron censurar y restringir los datos que iban revelándose sobre la galopante enfermedad, datos que eran cada vez peores: como si la gripa fuera a matar más gente que la guerra, y eso fue lo que al final pasó.

Las cifras oscilan mucho, la estadística en la historia suele no ser una ciencia exacta. Pero se supone que en la Primera Guerra Mundial murieron, más o menos, entre 17 y 30 millones de personas; ese es siempre un cálculo debatido y aproximado, una discusión. Pues bien: a causa de la ‘gripa española’ murieron en el mundo 50 millones de personas, según algunos historiadores, y quizás fueran muchas más, incluso 100 millones.

Como si una feroz guadaña (el brazo incansable de La Parca) se hubiera propuesto arrasar con quienes a duras penas habían sobrevivido, y seguían haciéndolo, a los horrores de la guerra, y no fueron pocos los que lograron regresar a su casa luego de esquivar por milagro las balas en el Somme, en Verdún, en Ypres, en el Marne, para morir en una cama tosiendo y llorando, escupiendo sangre, mirándole los ojos a Dios.

Eso es lo más paradójico de la peste de influenza que asoló el mundo en 1918, y es que ocurrió justo en el año en el que se terminó la guerra,
como si hubiera sido un golpe de gracia. Pero también hay que decir, para ampliar la paradoja, que si no hubiera sido por la peste, quizás la guerra se habría prolongado más. Quizás fueron las víctimas de la ‘dama española’, como también se la llamó, las que salvaron a todas las demás.

Contienda despiadada

¿Cuánto más habrían podido resistir los europeos librando su guerra mundial? Nadie lo sabe; responderlo sería pensar la historia a partir de lo que no sucedió. Aunque lo cierto es que esa guerra había empezado como una evocación nostálgica del siglo XIX, una prolongación más bien de las guerras de antes y de los errores geopolíticos que, desde Napoleón Bonaparte, habían hecho de Europa un polvorín a punto de estallar.

Fue una guerra absurda, como todas, pero más que todas. Tejida por fuerzas subterráneas como un volcán en erupción, pero detonada por solo dos disparos en Sarajevo, en junio de 1914, cuando un fundamentalista bosnio mató al archiduque de Austria Francisco Fernando y a su esposa Sofía. Entonces no hubo vuelta atrás, como dice Christopher Clark, Europa era un ejército de sonámbulos camino del abismo.

Y quienes marcharon a la guerra, casi con sus uniformes de 1870, lo hicieron cantando y bailando, convencidos de que a la vuelta de unos pocos meses estarían de regreso al hogar. Pero la historia es también el monstruo del doctor Frankenstein: el progreso de la humanidad es su premio y su castigo, a veces la arrastra consigo y la desborda y le abre los ojos de la peor manera.

Eso pasó en la Primera Guerra Mundial: que fue el fin del mundo; que los avances técnicos de la humanidad eran tantos y casi tan inesperados que cuando se aplicaron al arte de la destrucción y de la guerra los bandos quedaron anegados, paralizados en el horror de las trincheras. Viendo cómo las bombas caían del cielo, respirando los letales gases que desde entonces se empezaron a usar contra el enemigo.

Así, allí, empieza el siglo XX: en las interminables y feroces batallas que se van sucediendo a lo largo de esos cuatro años de la guerra, y en las que los muertos se recogen por millones. No en vano es allí también, en la segunda batalla del Somme, donde J. R. R. Tolkien tiene la primera visión de Mordor: el infierno. Como si la historia estuviera cambiando de piel; como si el mundo se estuviera de verdad acabando.

Esa era al menos la sensación que tenían todos, de lado y lado, desde mediados del año 17: demasiado tiempo combatiendo para nada, demasiados muertos sin que nadie pudiera vencer. Y aunque en los campos de batalla los soldados dejaban el alma y la piel, en las cancillerías y salones los diplomáticos y los agentes secretos buscaban lograr algún acuerdo de paz, el que fuera.

En abril de 1917 los Estados Unidos, que habían mantenido una ‘neutralidad armada’, entraron a la guerra luego de una agresión alemana, una más. Fue así como la alianza entre Francia, la Gran Bretaña y Rusia pudo respirar un poco en el frente occidental, donde las potencias centrales, vale decir el Imperio Alemán y el Imperio Austrohúngaro, las tenían acorraladas luego de una feroz ofensiva en Flandes y el norte de Francia.

Rusia, sin embargo, vivía una profunda convulsión interna, la cual desembocó muy pronto en la caída del régimen zarista y en el establecimiento, en febrero de ese mismo año 17, de una república imposible en la que se repartían el poder los liberales y los bolcheviques, que luego, en octubre, hicieron la revolución soviética. Pero detrás de esas dos revoluciones rusas estaba la promesa de acabar con la guerra; nadie aguantaba más.

Desde mayo de 1918 los servicios de sanidad españoles, las academias médicas, los periódicos, incluso los congresistas en las Cortes empezaron a hablar de la alarmante epidemia de influenza que se había ensañado con el país. Martín Salazar, el inspector de salud del reino, dijo que no tenía noticia de que algo así estuviera pasando en el resto de Europa, aunque en España los muertos fueran ya varios miles, con el rey enfermo.

Era mentira: en el resto de Europa la situación era tan grave como en España, o aun más, solo que nadie se atrevía a decirlo para que a los muertos de la guerra no se sumaran los muertos de la gripa: la ‘gripa española’, la peste de la que nadie quería hablar. Friedrich Jünger le escribió a su Hermano Ernst: “Tengo el mal español: escalofrío, dolor de cabeza y de cuerpo… ¡Si esta gripa inofensiva fuera una peste se acabaría la guerra!”.

En el resto de Europa la situación era tan grave como en España, o aun más, solo que nadie se atrevía a decirlo 

Epidemia sin tregua

Pues no era una gripa inofensiva sino eso: una peste, una brutal pandemia como no se veía desde la peste negra en el Medioevo, ni se ha vuelto a ver, por suerte. La última epidemia de influenza en el mundo había sido en 1890, pero ‘la española’ era una gripa del subtipo H1N1 que, de manera muy extraña, resultó letal sobre todo para los jóvenes, mientras que los ancianos, víctimas históricas de la enfermedad, la toleraron mejor.

¿Por qué? La respuesta está en la guerra misma, en las trincheras. Por eso se difundió así la gripa española, porque tuvo a su favor un contexto de gran insalubridad y además de gran movilidad humana, y porque es como si los jóvenes que estaban consumiendo su vida en el frente carecieran de defensas para tolerar un virus que cargó tres veces contra sus víctimas: en la primavera y en el otoño de 1918, y a principios de 1919.

Y a su paso iba dejando más muertos la peste que la guerra, como una sombra: Egon Schiele o Gustav Klimt, por ejemplo. Otros sobrevivieron, como Walt Disney, Franklin Roosevelt, Groucho Marx o Mahatma Gandhi. Pero la suerte de la guerra estaba echada, como dijo Erich Ludendorff, comandante del ejército alemán: “Mis hombres pueden sobrevivir a todo pero no a esta maldición…”.

Una última y fallida ofensiva de las potencias centrales contra los aliados en el frente occidental las persuadió de que lo mejor era rendirse, salvar el pellejo. El Imperio Otomano hacía agua, el Imperio Austrohúngaro también. La gente se levantaba en Alemania contra el Káiser, pedía a gritos la paz. Fue todo muy rápido, casi como había empezado la guerra cuatro años atrás: entre octubre y noviembre de 1918 la historia se aceleró.

El 9 de noviembre Pablo Picasso fue a visitar en París a su amigo Guillaume Apollinaire, el magnífico poeta. Lo vio morir de gripa española mientras afuera la gente gritaba: “¡Ha muerto Guillermo, ha muerto Guillermo!”.

El káiser Guillermo II de Alemania había abdicado. Dos días después se firmó la paz. La peste y la paz.

JUAN ESTEBAN CONSTAÍN
Especial para EL TIEMPO

Fuente

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