Por qué la economía mundial parece tan frágil – Portafolio.co

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Por qué la economía mundial parece tan frágil - Portafolio.co

¿Deberíamos preocuparnos por el estado de la economía mundial? Sí: siempre tiene sentido preocuparse. Eso no significa que algo terriblemente malo vaya a suceder en el futuro cercano.

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Por el contrario, la economía mundial parece estar dirigiéndose hacia una leve desaceleración cíclica. Mucho más importante es el contexto estructural y cíclico adverso a largo plazo porque hace que cualquier oscilación a corto plazo sea mucho más peligrosa.

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Según Goldman Sachs, el ímpetu del crecimiento económico mundial se desaceleró notablemente en 2018. La desaceleración más significativa a nivel mundial ha sido la de la economía china, la principal propulsora del crecimiento mundial desde la crisis financiera de 2007-08.

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Pero Alemania y Japón también registraron contracciones económicas durante el tercer trimestre del año pasado. Los mercados de valores también han estado en crisis. En parte, eso presumiblemente refleja un empeoramiento de las percepciones de las perspectivas. Estos mercados en caída también debieran debilitar el consumo y la inversión.

Todo esto sugiere que una desaceleración cíclica está en camino. Sin embargo, los pronosticadores convencionales no están excesivamente preocupados.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) declaró en noviembre pasado que la “expansión global ha alcanzado su punto máximo” y que el crecimiento global del producto interno bruto (PIB) se “proyecta que disminuya gradualmente del 3,7% en 2018 al 3,5% en 2019 y 2020, en general en línea con el crecimiento potencial de la producción global subyacente”. Esto representaría un aterrizaje ultrasuave.

Los pronósticos del consenso respaldan esto: los de diciembre en relación con el crecimiento para 2019 divergen poco de los publicados hace un año. Las perspectivas de crecimiento para EE. UU. incluso están ligeramente mejoradas.

Una ligera desaceleración económica no resultaría ser realmente problemática. Por el contrario, es de esperarse.

En las economías de altos ingresos, las cuales todavía generan tres quintas partes de la producción mundial (a precios de mercado), la mejora cíclica ya está en su fase madura y el exceso de capacidad ha disminuido considerablemente.

Donde la expansión es más avanzada y el exceso de capacidad ha desaparecido, la política monetaria ha sido debidamente endurecida, de manera adecuada, a pesar de Donald Trump. Afortunadamente, la inflación sigue siendo moderada y las tasas de interés nominales y reales son bajas. Si bien los mercados de valores de hecho se han corregido, las acciones estadounidenses en raras ocasiones han estado tan altamente valoradas como hoy en día.

Nada de esto indica que una severa recesión mundial esté en camino. De hecho, conviene recordar que si bien las economías capitalistas siempre han sido cíclicas, las recesiones severas — especialmente las globales — son raras. Parecería sabio, en resumen, que todos “mantuvieran la calma y siguieran adelante”.

Sin embargo, existe una importante condición. Como Ray Dalio de Bridgewater argumenta en una nota sobre lo que está sucediendo, el ciclo a corto plazo representa el menor de nuestros retos. También existen cambios estructurales, los cuales él resume en términos de tendencias diferenciales de productividad y del ciclo de la deuda a largo plazo. De manera crucial, estos desarrollos han hecho que la economía mundial sea frágil.

La productividad debe considerarse como una forma abreviada de resumir los cambios en el poder económico global, la creciente desigualdad, el colapso del empleo en la manufactura, el auge de la economía digital y el “exceso de ahorro” de las últimas décadas. El ciclo de la deuda a largo plazo, el cual se aceleró a partir de la década de 1980, fue, entre otras cosas, una forma de manejar las consecuencias sociales y económicas de esos cambios estructurales.

Estos cambios estructurales han resultado en significativos efectos políticos: un aumento en el nacionalismo y en el populismo, el Brexit, la elección de Trump, una guerra comercial entre las dos economías más importantes del mundo, y una erosión del orden económico global liberal.

El ciclo crediticio a largo plazo alcanzó su conclusión durante la desastrosa crisis financiera de 2007-08. Actualmente, China, cuyo ciclo de deuda a largo plazo se aceleró después de la crisis, también está alcanzando los límites de la acumulación de deuda.

Estas condiciones a largo plazo restringen significativamente el optimismo que pudiéramos sentir acerca de una desaceleración cíclica a corto plazo. Una poderosa implicación es que la cabida para reaccionar ante una recesión estaría limitada por los estándares históricos, particularmente en materia de política monetaria.

Si la Reserva Federal (Fed) de EE. UU. tuviera que proporcionar una respuesta estándar ante una significativa recesión, es probable que sus tasas de interés a corto plazo tuvieran que ser de menos 2,5%.

El Banco Central Europeo (BCE) y el Banco de Japón (BoJ, por sus siglas en inglés) tendrían que ir aún más lejos. En el peor de los casos, la Fed y el BCE pudieran verse obligados a seguir al BoJ, implementando políticas aún menos ortodoxas.

Si bien el Banco Popular de China (PBC, por sus siglas en inglés) tiene más margen para maniobrar, reimpulsar el auge crediticio de China conlleva riesgos a largo plazo.

La transformación del entorno global acarrea todavía más riesgos, tanto negativos como positivos. El mayor riesgo negativo es que sería imposible organizar una respuesta coordinada y eficaz ante una severa desaceleración económica mundial. Un riesgo positivo obvio proviene de la posible incapacidad de lidiar con las acumulaciones pasadas de deuda pública y privada.

Otro riesgo es que una ruptura en el orden político global genere una grave disrupción económica por sí misma, quizá a través de un colapso en el comercio, quizá como resultado de otro evento geopolítico.

El asunto del que hay que preocuparse, entonces, no es el estado del ciclo a corto plazo. Es perfectamente probable que se produzca una desaceleración modesta y manejable que no ocasione demasiado daño como resultado. La preocupación debe estar más bien enfocada en el contexto en el que pudiera ocurrir tal desaceleración.

Lo que haría que fuera potencialmente tan difícil gestionar una desaceleración a corto plazo, aunque fuera limitada y natural, es la inestabilidad política y de las políticas, en combinación con el agotamiento de las opciones seguras para la expansión del crédito.

Desafortunadamente, en la actualidad no existen mecanismos simples para reducir estas fuentes de fragilidad. Éstas están profundamente arraigadas y, dados los recientes desarrollos políticos, tienen más probabilidades de empeorar que de mejorar. Si quieres preocuparte, deberías preocuparte por eso.

Martin Wolf

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